La vi una tarde, a eso de las 9. Yo caminaba a la academia de pool donde se me ha hecho costumbre pasar mis ratos libres, cuando escuché una preciosa voz diciendo mi nombre. Ahí estaba, con esa apariencia tímida que le daban las mangas largas cubriendo hasta la mitad de los dedos y esforzándose por mantener la conversación, parada afuera de una iglesia, esperando que su madre terminara de hablar con quien sabe quién.
Todo parecía ir bien, al día siguiente estábamos sentados en el bar que más noches y conquistas me ha conocido y tres cervezas más tarde partimos a mi casa. Acostados pero vestidos entretuve las manos en su cadera y la boca en su cuello, mientras ella se entretenía con la música.
Era hora de irse, me pidió que la dejara en su casa. Dos horas después estábamos en el auto camino a la casa de sus padres, y yo diciéndome que no me perdonaría el dejarla ir sin un beso… ya me había hecho la idea de no verla desnuda... esa noche.
La convencí de que no se fuera hasta que me terminara un ultimo cigarro, la abracé con fuerza y besé sus labios secos e inmóviles. “es hora de que me vaya”, dijo antes de bajar del auto, y a modo de despedida me arrojó migajas de esperanza: “tenemos que ir a ver alguna película, un día de estos”. “Cuando quieras”, le respondí, disimulando mi decepción e incredulidad por lo que estaba ocurriendo. No esperé a que entrara en su casa, y me largué.
No sé para qué me fui tan rápido, esta gestalt inconclusa no me deja dar tres pasos sin regresar a las tablas que eran sus labios. Pensé que bromeaba cuando le dije “me gusta ese tipo de mujer, esas que no salen con tipos como yo”. Según parece, debo añadir “que no besan ni se acuestan con tipos como yo tampoco”.
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