Estaba sentado cuando calló la noche. No la vio venir, como uno no se da cuenta de que se derriten los hielos de un whisky en las rockas, o de que se terminan los cigarros en las noches de juerga. Con la noche ocurrió lo mismo. Simplemente, tenía mejores cosas a las que prestarle atención.
Leía un libro de renombrada poesía… versos a veces melancólicos, a veces tristes… era una batalla campal por encontrarles el sentido, o algo de belleza. Con los años pareciera que su mente se ha embrutecido, predispuesto a las discusiones, las frases ingeniosas que rompen el contexto, el sarcasmo y los escotes, la mayoría de los poemas se hacen difíciles de tragar… Sería más fácil leer a Pablo de Rokha… O algo de piratas. Sí, piratas cojos, con pata de palo, parche en el ojo y cara de malos… ¡No!, el libro, concéntrate en el libro que tienes en las manos.
10 páginas y cien años más tarde es hora de tomarse un descanso. En una noche como esta, vale la pena poner las letras de lado por un momento, acomodarse en la silla con un café y un cigarro, mirar cómo pasa el tiempo mientras las polillas se juegan la vida intentando entrar en las ampolletas.
Los días se han convertido en un agrado. La suerte de no tener nada que hacer y tener el tiempo para disfrutarlo, sumado a la falta de planificación y de esperanzas. Es como saberse muerto, la libertad del nihilismo, el delicado gozo de saberse mortal. No hay otra forma de conocer la brisa tibia del verano, o las sinfonías de los gatos peleando.
El problema de la libertad, piensa, es escoger qué hacer con ella… Tarde o temprano se acaba el dinero, hay cuentas que pagar, tragos que invitar, habitaciones que arrendar, libros que comprar… A lo lejos el ruido de los autos empieza y se apaga, un recordatorio sobre el material del que está hecha la vida. Momentos que empiezan y terminan.
No le gusta pensar en “etapas”. A estas alturas desconfía de cualquier cosa que parezca ocultar la semilla de la continuidad, y ¿Cómo no hacerlo? Es mejor pensar en momentos, de esa forma se está mejor protegido… incluso en Gestalts, cuando se siente más optimista.
La realidad: el ventilador del netboock, el frío y el dolor de estomago. Ocupar un lugar en el mundo, sin ser parte de él pareciera lo más real que puede experimentar. Es difícil no perderse en la profundidad del vacío, del sinsentido. Las fantasías son tanto más divertidas que la sucia realidad, y esa sensación de desperdicio que llega cuando no se está haciendo nada que dure más de un par de semanas. ¿Hasta qué punto permitirse a uno mismo disfrutar del olor de las flores en el jardín?
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