Así, la musa perfecta, invulnerable, maravillosa, lejana y orgullosa, en una calurosa tarde de verano se acerca a los hombres.
Cansada, sudada, guapa, sus alas desnudas, por armadura una escasa polera vieja y húmeda, demasiado cómoda como para verse bien, aferrada a una botella de agua, que todo tu poder no ha logrado hasta ahora convertir en cerveza.
Al cuerno con las fatuas, que se jodan Atenea, Circe y Afrodita, con sus pieles de porcelana y sus cabellos perfectos y brillantes, sin sabor, sin cicatrices, lejos del la aspereza del mundo y de la tierra en camino.
¡Tanta humanidad! Un saludo, una despedida, y me sentía fumando en la catedral. Ni una palabra mas era necesaria.
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